Publicado el Deja un comentario

Todavía conservo mis autitos a cuerda.

Verdaderamente, mi primera aproximación al automovilismo no fue con el DKW 3=6 de 1957, con el que aprendí a manejar.

Tampoco fue con aquel Cord 812 que una vez encontré, ni con mi bella Cisitalia 202 o mi “sportivo” MG TC.

Fue muchos años antes, que aprendí a amar a los autos a través de pequeños mecanismos a cuerda.

Antes de las Play Stations, antes de los juguetes a pila, los niños todavía necesitábamos entretenimiento.

Y para un pibe loco por los autos, como era yo desde la más tierna infancia, los autos a cuerda eran el entretenimiento que más despertaba mi entusiasmo.

Es que, aún el más simple mecanismo de cuerda es un perfecto ejemplo de ingeniería mecánica miniaturizada.

Todos ellos funcionan con el mismo principio de energía fundamental: la energía potencial que se almacena en las curvas de una banda elástica de acero.

Puede descargarse la energía rápidamente como en mis pequeños Schuco Micro Racers, alcanzando velocidades vertiginosas.

O, como en mi Opel Kapitän 1955 de Prameta, puede descargarse moderadamente y de paso, dibujar parsimoniosamente curvas en el pavimento como si llevara en su interior un prolijo conductor.
Extraño algunos modelos que tristemente no supe conservar, pero aún disfruto de otros que he cuidado por más de medio siglo.

El ejemplar más antiguo en mi pequeña colección me fue regalado por un buen amigo.

Se trata de un Auto Union Type C, aerodinámico tal como era piloteado por Bernd Rosemeyer entre 1937 y 1938.  Producido en Alemania, en hojalata litografiada por “HABI” (Hans Biller), entre 1937 y 1945. Tiene verdadero diferencial y dirección automatizada  para hacer “ochos” a izquierda y derecha.

Su color plateado original ha ido volviéndose dorado con el paso de los años aunque el mecanismo funciona perfectamente.

Otro autito interesante es mi Opel Käpitan 1955, en escala 1:33. Un verdadero  autómata en metal cromado, producido en Colonia, Alemania, en 1955, por la Kölner Automodellen Werk Prämeta. El nombre PRAMETA proviene de “PRÄzision METAllisch” y su mecanismo con tres velocidades, punto muerto y marcha atrás además de dos programas de curvas alternadamente a derecha e izquierda es, precisamente un exquisito mecanismo de relojería de precisión.

Schuco es una prestigiosa empresa alemana que aún produce en Nuremberg, juguetes a cuerda, desde 1912. En 1999 la empresa fue comprada por la familia Sieber, pasando a integrar el conglomerado conocido como Simba Dickie Group.

Tengo varios autitos de la marca, empezando por dos velocísimos Micro Racer. Un Midget Racer con nariz de goma  para que “no dañe” los muebles y un Mercedes 220 S en escala 1:43 también con goma en el paragolpes. Ambos con freno y dirección por tornillo de precisión.

Otro Schuco de “carrera” es el Studio, Mercedes Benz  Grand Prix de 1936.

En este modelo la intención pasa no por la velocidad sino por la recreación de auténtica mecánica automotriz.

Tiene dirección desde el volante y frenos.  Las ruedas son de sujeción central tipo Rudge y sus mariposas se extraen con una maza, después de levantar el eje con un dispositivo similar a los que usaban en los boxes en los Grand Prix.  También tiene manija de arranque y llaves para las tuercas.

En el mismo sentido fue diseñado el Schuco Patent Ingenico, sólo que con carrocería imitando un sedán americano de fines de la década del ’40.  Con dirección remota, bocina y una flecha móvil sobre el capó, además de recargados paragolpes cromados.

También vino equipado con un juego de herramientas

Un interesante autómata es el Schuco Patent Auto 1010.  Si uno lo pone a andar sobre una mesa, llega al borde y sin caer gira y sigue corriendo hasta que encuentra un obstáculo u otro peligroso precipicio que siempre consigue burlar.  La carrocería es atrevidamente aerodinámica al estilo germánico de los años ’30.

El Schuco Patent Examico 4001 es un roadster con reminiscencias de BMW 328. Fue siempre mi preferido entre los Schuco, por su dirección desde el volante, caja de cambios de cuatro velocidades, marcha atrás y punto muerto, con realista palanca de cambios, freno de mano y embrague.

Tengo casi setenta años pero – afortunadamente, aunque a riesgo de ser diagnosticado como senil – cada vez que pongo a andar mis autitos a cuerda siento la misma sensación de presenciar un momento mágico. El movimiento, los mecanismos, el ruido de engranajes siguen dándome la misma felicidad que sentía cuando era niño.

Por Enrique Escobar Tonazzi.

 

 

Deja un comentario