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Su vida llena de autos. DKW 3=6. Por Miss Daisy.

Más conocía a mi amigo del Mercedes y más me sorprendían sus habilidades con los autos.

La pregunta obligada era:  después de Ludovico, qué. Siguió entonces con su crónica automovilística:

“Pasaron los años y, en el verano de 1964 yo tenía 17 años. Terrible impaciencia por empezar a manejar. Así que mi papá me dijo “No vas a empezar a manejar hasta que no tengas 18 años y sepas muy bien cómo funciona un auto”. Entonces, para esa Navidad me había regalado mi primer libro de autos: el “Manual de Automóviles” de J. Arias Paz que enseguida coloqué junto a las revistas  – ¨Parabrisas”, “Velocidad”, “Quattroruote” y mi favorita: “Road & Track” – que atesoraba desde hacía unos años.

Mi papá marcó con lápiz todos los temas que consideró relevantes para que yo los estudiara y luego le rindiera examen.

Lo insólito fue que, pocos días después, almorzando en nuestra casa de Mar del Plata nos interrumpió un sonido inesperado.

Era algo así como “brrom, pen, pen ,pen…Brrom, pen, pen, pen”.

En seguida salí a la vereda y allí estaban dos de mis amigos.

Uno de ellos tenía mi edad pero el otro, de algo así como 23 años, trabajaba nada menos que en IBM y ya tenía auto propio.

Su auto que así sonaba, era un Auto Unión DKW 3=6 Sonderklasse de 1957, negro con techo blanco, con el escape abierto para darle más emoción.

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El motor de tres cilindros y dos tiempos era suave y – aún con el escape abierto  -producía un sereno zumbido al acelerar.  Pero sonaba infernalmente ruidoso al bajar las revoluciones. El autito con su tracción delantera era lo más parecido a un auto sport que pudiéramos soñar.

Se quedaron a pasar una semana en casa de mis padres y en seguida me enseñaron a manejar. Primero en el barrio y pronto en la ruta que llevaba a Santa Clara del Mar y Mar Chiquita. Sin registro pero en tiempos menos complicados.”

Luego de esta historia pensé: mucho más divertido que aprender a manejar en un Rambler Classic en Formosa, como fue mi caso.

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