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Pekín – París 1907. Por Enrique Escobar Tonazzi.

Le Matin

En 1907, la idea de conducir un automóvil de Pekín a Paris, propuesta por el diario francés Le Matin, fue recibida inicialmente – por la gente sensata – como una broma.

P to PEn aquél tiempo, cuando la edad del automóvil contaba escasamente una década, aún   los viajes de ciudad a ciudad, en Europa, eran poco seguros.   El “raid” de más de 15.000 kilómetros, sin carreteras, sin provisión de combustible ni mapas confiables era inconcebible para más que unos pocos aventureros dignos de un relato de Julio Verne.

Barzini

Le Matin, recibió sin embargo una catarata de cartas de adhesión, entre ellas una de un lacónico caballero italiano: “Me inscribo en vuestra competencia Pekín – París con un automóvil Itala. Les quedaría muy agradecido si me hicieran saber tan pronto como sea posible todos los detalles de la organización, a fin de disponer del tiempo necesario para los preparativos. Firmado: príncipe Scipione Borghese”.

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El príncipe

El príncipe Scipione (Luigi Marcantonio Francesco Rodolfo) Borghese, nacido el 11 de febrero de 1871, pertenecía a una ilustre y noble familia de origen sienés, mencionada en la historia desde 1450.  Establecidos en Roma, durante el siglo XVII un príncipe Borghese ascendió a la dignidad papal como Paulo V.  Él obsequió a su sobrino el principado de Sulmona y éste heredó de su madre Olimpia Aldobrandini, el principado de Bassano. La más famosa de sus posesiones fue la Villa Borghese, en Roma.

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Los competidores

En el gran raid se inscribieron 25 máquinas pero sólo cinco se presentaron en la largada, luego de haber sido transportadas por mar hasta Pekín: un triciclo Contal 6HP conducido por August Pons y Octave Foucault, dos De Dion-Bouton 10HP con los equipos Georges Cormier-Edgardo Longoni y Víctor Colignon-Jean Bizac, un Spyker 15HP con Charles Godard  y Jean Taillis (enviado de Le Matin).   El Itala de Borghese llevaba también al mecánico Ettore Guizzardi y al periodista Luigi Barzini (enviado especial del Corriere della Sera y del Daily Telegraph).

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El Itala

El Itala de Borghese era del modelo normal 35-40HP de 1907.  Con motor de 7.430 cc, de cuatro cilindros en pares, de 130 x 140 mm de diámetro y carrera, caja de cuatro marchas y transmisión cardánica y escasas modificaciones mecánicas. Pero el chasis reforzado estaba provisto de una espartana carrocería con dos asientos delanteros para el piloto y su mecánico y un asiento trasero ubicado entre dos tanques de combustible y por detrás un tanque de aceite y otro de agua, cada uno de los cuatro, con capacidad para 150 litros. Además, el circuito de combustible contaba con otro tanque de 85 litros.

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En ese incómodo asiento trasero viajaría el periodista Luigi Barzini (1874-1947), prestigioso reportero y corresponsal de guerra que alcanzó la fama en 1908 al publicar su libro “La mitad del mundo vista desde un automóvil” apasionante relato de la Pekín-París, traducido a once idiomas y publicado a través del mundo.

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La organización

Resulta sorprendente la organización del raid. Con particular atención se atendió el problema de reabastecer las máquinas, instalando puestos en zonas tan desoladas como el desierto de Gobi y las estepas siberianas. Por vía diplomática se allanaron todas las dificultades para que los “extranjeros” fueran respetados y ayudados. El Gran Consejo del Imperio Celeste, que siempre quiso resguardarse de la “contaminación occidental” cedió con bastante facilidad ante la novedad de ver al grupo de europeos tripulando sus ruidosos “Chi-Cho” (carros de nafta). De inmediato concedieron los pasaportes para atravesar Mongolia y la Gran Muralla.

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La carrera

El 10 de junio de 1907, los participantes partieron de la Legación francesa de Pekín. La colonia europea en pleno se dio cita para alentar a los tripulantes de las cinco máquinas, que eran el símbolo de una nueva civilización que contrastaba con la de los milenarios países que servirían de escenario para la hazaña.  Los cinco automóviles partieron de Pekín ante una silenciosa muchedumbre de chinos, “persiguiéndose unos a otros a una velocidad que no se había visto jamás y que creo que nunca se volverá a ver” escribía con ingenuidad Luigi Barzini.

Los cuatro competidores del príncipe Borghese habían optado por vehículos livianos para enfrentar las desconocidas vicisitudes de la carrera mientras que el Itala era potente y pesado. Pronto se advirtió lo acertado de la elección. Rápidamente tomó la delantera y sus rivales no volvieron a verlo más.  En la conducción se turnaban el príncipe y su mecánico mientras que Barzini hizo todo el viaje estoicamente agazapado entre los dos tanques de combustible, cubierto por una mole de repuestos. Enviaba mensajes telegráficos a Milán y a Londres cada vez que alcanzaban un puesto, relatando los progresos en la carrera.

En varias ocasiones el auto quedó empantanado o se negó a subir pendientes muy pronunciadas pero, con la ayuda de grupos de esforzados “culíes” logró siempre superar los obstáculos. Más adelante en la Transbaikalia, un puente de madera cedió bajo la pesada máquina y los tres tripulantes se salvaron de milagro.  Después de cruzar los Urales, se rompió una de las ruedas y por un momento pareció que todos los esfuerzos se verían malogrados.  Afortunadamente, encontraron a Nikolai Petrovich, un hábil carpintero que reparó en media jornada los rayos de la rueda y pudieron continuar.

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Llegada a París

El cinco de agosto los tres viajeros llegaron a Berlín donde fueron recibidos y agasajados como héroes por el Imperial Automobile Club.  Cinco días después llegaban a París, el 10 de agosto, al cabo de dos meses exactos y quince mil kilómetros de recorrido.

Escoltados por la Guardia Republicana y aplaudidos por la multitud, el Itala recorrió las calles de París hasta las oficinas de Le Matin.  Entre plausos, discursos, flores, champagne, “Bravo, mon gars” y “Vive le prince!…

Dos meses más tarde llegaron los dos De Dion-Bouton.  El Spyker y el triciclo Contal quedaron en el camino.

El Itala de la “Pekín – París” se encuentra actualmente en el Museo del Automóvil de Turín, en condiciones de marcha.  También se conserva aquella rueda reparada por Nikolai Pertrovich.

Enrique Escobar Tonazzi

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La maqueta italiana RIO, escala 1:43 pertenece a la colección del autor.

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