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Mis libros de autos, a través de medio siglo. Enrique Escobar Tonazzi.

En el verano de 1962 tenía quince años y buscaba algo para leer, en aquel quiosco de revistas, de la estación Constitución.

Entonces, la tapa de una revista italiana atrajo mi atención y la compré para entretenerme, durante el viaje en tren a Mar del Plata.

Era la edición anual de Quattroruote, con la descripción de todos los autos vendidos en Italia y notas breves sobre todas las marcas italianas.

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Al año siguiente – aunque todavía no manejaba legalmente – ya sumaba a la italiana Quattroruote, las revistas nacionales Velocidad y Parabrisas, inaugurando una pequeña biblioteca, exclusivamente automovilística.

Aprendí a manejar – de forma totalmente ilegal – con un DKW 3=6 de un amigo.   Y, cuando ya llegaba a la edad reglamentaria, junté el valor necesario para pedir a mi papá que me permitiera obtener la Licencia y manejar el auto familiar.

 

La respuesta de mi padre fue inesperada, aunque contribuyó sin querer a mi pasión de toda la vida.   Muy de acuerdo con su formación profesional, el viejo Capitán tomó de su biblioteca el Manual de Automóviles de J. M. Arias Paz.  Me lo regaló, y después de subrayar con lápiz las partes que consideró esenciales, me dijo: “Estudiá todo lo que te marqué y te voy a tomar examen. Recién entonces te dejaré manejar”.

Leí lo marcado y devoré todo lo demás.  Era mi primer libro de autos.

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Pronto inicié mis suscripciones a Road & Track, Motor Sport y Automobile Quarterly mientras encuadernaba prolijamente los fascículos de la enciclopedia Autorama y juntaba cuanto folleto, manual o catálogo se me cruzara.

En 1966, el desafío era completar los 96 ejemplares de los maravillosos Profiles y asegurarme los números atrasados de Automobile Year.  Entonces ya era tarde: me había convertido en un obsesivo coleccionista de libros y publicaciones automovilísticas.

No sólo coleccionaba, sino que leía íntegramente todas y cada una de las piezas que se sumaban a mi biblioteca.  

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A través de todos estos años he conocido gente que compra una biblioteca con muchos libros y revistas.  Tantos que nunca llegan a leerlos y por lo tanto no les dan ningún provecho.

Lo bueno es ir sumando volúmenes día a día, semana a semana, mes a mes, año a año.

Ir leyendo y disfrutando cada nueva adquisición. Descubriendo los secretos escondidos. Tomando el gusto de cada contenido.  Aún de aquellos que no parezcan interesarnos. Precisamente porque no los conocemos.

Llegué a tener una biblioteca enorme, visitada asiduamente por todos los entrañables amigos que fui sumando gracias a mi afición por el automovilismo histórico.   Guillermo Vago, Jorge Malbrán, Ricardo Ochoa, Mario Ponisio y tantos otros, sacaban libro tras libro de mi biblioteca. Revolvían todo y los iban dejando en el piso, o sobre una mesa y pasaban horas buscando aquél dato elusivo o la foto reveladora que gatillaban apasionadas discusiones.  Cuando se iban tenía el trabajo de poner todo nuevamente en su lugar, pero lo hacía con gran placer, esperando la próxima visita.

Hoy ya no se acostumbra buscar la información entre el material impreso.  Hoy se recurre a Google y se da por cierto lo que alguien puso en Wikipedia.  Ver en una pantallita lo que puso un desconocido cuando es tanto mejor recorrer con los ojos y con las manos lo publicado por H.G. Conway, por Luigi Fusi o Dennis Jenkinson.  

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Cuando me jubilé tuve que decidir que autos conservar para llevar a mi retiro en Mar del Plata.

Y también tuve que decidir, qué parte de mi biblioteca podía conservar, quedando reducida hoy – con alrededor de 2500 títulos – a una tercera parte de su esplendoroso pasado.

¿Pero, cual de tus libros llevarías a una isla desierta?

Es la pregunta – supuestamente ingeniosa –  que alguien suele hacerme, parado frente a mi biblioteca.

La respuesta no es fácil y puede variar según las circunstancias.

Me gustan los autos Grand Prix de todos los tiempos.  Especialmente los “Titanes” de antes de la guerra.

Los Mercedes Benz y los Auto Union, frente a las Bugattis y los Alfa Romeos.

Caracciola, Rosemeyer, Nuvolari, Varzi, son mis ídolos tanto como los de posguerra: Fangio, Moss, Gonzalez, Farina o Jim Clark.

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“The Grand Prix car” de Laurence Pomeroy – Editor Técnico de “The Motor” y diseñador del Vauxhall G.P. de 1914 –  se publicó en dos gruesos volúmenes. El “Volumen I”, publicado en 1949, cubre el desarrollo de los autos construidos de 1906 a 1939 y los eventos en que participaron.   El “Volumen II”, publicado en 1954, se ocupa de los autos de Fórmula 1 y Fórmula 2 de entre 1947 y 1953 y los eventos de ese período. Ambos volúmenes, en idioma inglés – ilustrados con muchas fotos, gráficos, planos y dibujos detallados – constituyen la más completa documentación sobre el desarrollo y la ingeniería en el primer medio siglo de las carreras Grand Prix.

El tema de los autos Grand Prix me lleva a otro clásico más modesto pero no menos interesante: “Una vida en las carreras” (Una vita con le corse), de Giovanni Canestrini, originalmente en italiano, felizmente traducido al español.

Centrado en la rica historia deportiva automovilística italiana, el periodista Canestrini – uno de los creadores de la Mille Miglia – pasa revista a sus cuarenta años entre automóviles, carreras y motores en todos los circuitos del mundo, como espectador, cronista y también protagonista.

Y, si hablamos de periodistas italianos, como no mencionar mi ejemplar de “Peking to París, An account of Prince Borghese Journey Across Two Continents in a Motor-car” publicado en 1907 por Luigi Barzini.

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Otro de mis libros predilectos sobre las carreras y su gente, es “Hombres, Mujeres y Motores” (Männer, Frauen und Motoren) de Alfred Neubauer.  Nada menos que los sabrosísimos recuerdos del archi famoso Director de Carreras de la Daimler Benz.

Dejando el mundo de las carreras, si estamos dispuestos a leer buena literatura en inglés, no puedo dejar de lado “The Kings of the Road” de Ken W. Purdy.  Con sabrosísimas notas sobre la industria, el deporte, los autos, los eventos y los personajes del automovilismo, tal como se los veía cuando fue publicado, en 1955.

Un modo de hacer trampa, con esta difícil elección para ir a la isla desierta es pensar en series de publicaciones como los famosos, valiosísimos “Classic Car Profiles”.  96 opúsculos editados entre 1966 y 1967 por Profiles Publications con ese número de modelos de automóviles de todas las épocas, descriptos y analizados por sus mejores especialistas y conocedores. Más una docena de “Super Profiles” que se agregaron entre 1972 y 1973.  En todos los casos ilustrados con los famosos “perfiles” que le dan su nombre y buenas fotografías, cuadros de especificaciones y palmares. Quién podría discutir la autoridad de Dennis Jenkinson dedicado a Mercedes 300 SLR, BMW 328, Maserati 250F, Vanwall o Frazer Nash Le Mans Replica. Quién mejor que Luigi Fusi para tratar el Alfa Romeo P2 y el RL.  Laurence Pomeroy dedicado al Vauxhall G.P. de 1914, que él mismo diseñó. O La Bugatti Tipo 57 a cargo de H.G Conway?

En mi biblioteca, tan requerida en otros tiempos para la investigación histórica, no pueden evitarse algunas buenas enciclopedias como “The complete Encyclopedia of Motorcars 1885-1968” de G.N. Georgano.   Esa obra monumental describe nada menos que 4100 marcas de autos de todo el mundo, con prolijas historias de cada una y casi 2000 fotografías.     Es muy diferente, aunque igualmente interesante, la “Enciclopedia de Oro del Automovilismo” de nuestros Luís Elías Sojit y Luís Miceli, editada en 1956 por la revista argentina “Coche a la Vista”.

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Docenas de libros dedicados a marcas específicas, con descripciones o datos.  Entre ellos, las obras de Luigi Fusi “Tutte le vetture Alfa Romeo dal 1910” , de Hugh Conway y su “Bugatti” o los tres tomos de “La Hispano Suiza” del español Emilio Polo.  A veces criticados por mi amigo Horacio García que les encontró algunos errores. (Claro, él es un experto más conocedor que yo y probablemente más que el Sr. Polo).  ¿Cómo dejar de lado “Un Siécle de Carrosserie Francaise” la grandiosa obra del genial Jean Henri Labourdette?  Y, no por modestos podemos olvidar toda la serie de los libritos, editados a fines de la década del ’40 y principios de los cincuenta, por el pionero del automovilismo histórico, el americano Floyd Clymer.  Y, al profundizar en la historia, nos encontramos con obras tan interesantes y llenas de humanidad, como “My father: Mr. Mercedes”, escrito por Guy Jellinek-Mercedes, el hermano de la niña famosa por ceder su nombre al Daimler alemán.

No puedo dejar de lado las colecciones de publicaciones anuales, como “Automobile Year” o los catálogos de “Revue Automobile”. O la colección completa de “Automobile Quarterly”,  la  mejor revista de automovilismo de todo el mundo y todas las épocas, en forma de 205 libritos finamente encuadernados que aparecieron trimestralmente durante más de medio siglo. En el mismo estilo, pero mucho más modestos, atesoro los 65 volúmenes de la francesa “L’Automobiliste”.

No imagino mi vida sin mi biblioteca.

No es fácil esto de la isla desierta.

Veo que, elegir un solo libro es demasiado difícil.

Tendrían que ser dos o tres o más.

¡Pero ni siquiera así!

¿Podría elegir unos libros y olvidar otros?

Más aún: ¿Es posible mi vida sin mi biblioteca?

¿Podría vivir sin mis “Quarterlys” y mis “Profiles”?

No. De verdad el único libro que vale la pena llevar a una isla desierta es uno que enseñe como fabricar un bote.

Para poder regresar a mi biblioteca.

A toda ella.

Enrique Escobar Tonazzi

 

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