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Dos Flechas de Plata por dos kilos de azúcar.

Un episodio real de posguerra de Federico Kirbus

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Un día la guerra había terminado. Era mayo de 1945. Ya nos habíamos salvado de Stalingrado y la ofensiva final de los soviéticos y nos habíamos escapado con el último tren en dirección Oeste para acercarnos a los aliados occidentales.

Fuimos a parar a Dresden, la ciudad del más feroz bombardeo de la guerra europea.

Salimos de Dresden el día anterior del ataque y nos alojamos como refugiados en un suburbio a 28 kilómetros de distancia, a salvo de las bombas explosivas e incendiarias, aunque pudimos observar el ataque de día (los yanquis, que con sus B 17 volaban más alto, a salvo de la Flak) y de noche (la RAF, que con sus Lancaster no alcanzaban más que unos 4.200 metros).

Pero iba a contar otra anécdota.

Nos habíamos refugiado en un pueblito en Bavaria, aldea de doce casas que los americanos se olvidaron de ocupar y lo hicieron al día siguiente.

Poco a poco la vida y los servicios se iban normalizando. Hasta que un buen día hasta volvieron a darse películas en un cine. Hasta esta pequeña ciudad teníamos que caminar unos siete kilómetros. Y en al acceso a la ciudad pasábamos por una especie de Chacarita de autos en desuso, muchos agujereados por las ametralladoras de los cazas norteamericanos.

Y en medio de este montón de fierros de descarte asomaban dos colas plateadas.

Entonces no lo sabía, pero hoy sé que fueron las popas de sendas Flechas de Plata, no sabría decir si eran dos Mercedes-Benz W 163 o un par de Auto Unión D 3 litros, pero eran dos Silberpfeile que la guerra había llevado hasta allá.


Y hoy sé algo más: que de haber tenido dos kilos de azúcar, dos, haber entrado en el patio y le hubiera ofrecido al dueño semejante tesoro, me hubiera besado la mano y me hubiera dicho: “Llévese esta chatarra adonde quiera”.

Pero yo no tenía ni nadie tenía en 1945 dos kilos de azúcar. Ni tampoco hubiera sabido adónde llevarme las dos máquinas. De si no, sería hoy varias veces millonario.

Aunque soy feliz tal como estoy, y más aun viviendo en la Argentina, que los que sabemos y conocemos llamamos el MPdM, que en buen romance quiere decir Mejor País del Mundo.

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Federico Kirbus

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