100 Segundos Cien. Por Federico Kirbus. Fotografía en las carreras.

En las carreras de ruta abierta había mucho tiempo para buscar un lugar bueno para la foto, como ser una curva, un arroyo o un salto. Los fotógrafos veteranos incluso preparaban unas chicas lindas que agitaran un ramo de flores al paso de los punteros. La mayoría trabajaba aún con cámaras a fuelle como Speedgraphic y placas o filmpack y llevaban como asistente a un chassirete (chepibe) que retiraba y guardaba el chassis con la foto expuesta a la vez que le alcanzaba al profesional otro chassis con una placa virgen. Otros veteranos incluso, como el famoso Olivieri de Mundo Deportivo, usaban una escalera para subirse y obtener así una perspectiva especial, escalerilla a tijera que también debía trasportar y abrir el asistente.

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Cuando aparecieron en nuestro medio las cámaras de rollo tipo Rolleiflex el asunto cambió y todo se hizo más simple y rápido.

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Todos de rigurosa gorra con visera.

Pero estaban también los de “Baja Cilindrada” que en vez de armatostes con placas 6×9 o rollos 6×6 centímetros trabajaban con cámaras de 35 milímetros (24×36 Mm), en particular Antonio Legarreta con su Contax, o yo más tarde con Leica, que ambas tenían la virtud de tener objetivos intercambiables: gran angular, normal o tele de 135 Mm.

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Ocurre que en la Contax el recambio de película era fácil y rápido porque se abría el respaldo. Pero en la Leica primero también era necesario rebobinar, para luego extraer el chassis y por fin introducir el rollo virgen en un trabajo de paciencia y con pulso firme (ver más abajo).

Esta operación requería su tiempo. Y el tiempo en las competencias de pista no corría, sino volaba.

En el Autódromo inaugurado en 1952 se usaba el trazado de un mixto (3912 metros), que era el célebre Circuito 9, o bien, al comienzo, el de dos mixtos (4706 metros).

En el más corto se recorría al principio (1953) una vuelta en un minuto con 48 segundos, pero las máquinas año tras año se volvían más rápido hasta aproximarse al minuto con 40 segundos.

Para nosotros, los fotógrafos, esta evolución representaba todo un desafío pues implicaba rebobinar, sacar la película y colocar el rollo virgen en cien segundos, cien. Porque tras tomar una última foto era cuestión de tener preparada la cámara para el siguiente paso del puntero.

Cuando pude rematé el asunto comprando para la Leica un motor a cuerdas que permitía tomar secuencias de doce fotos en doce segundos. A diferencia de varias camaritas digitales que tuve que radiar de servicio, la  Leica, modelo 1939, todavía funciona, aunque está algo dura y necesita una lubricación a fondo. La conservo hasta el día de hoy.

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Federico Kirbus


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